El Decamerón
El Decamerón Habrá tal vez entre vosotras algunas que digan que yo, al escribir estas narraciones, he usado demasiada licencia, haciendo algunas veces decir a las mujeres, y muy a menudo escuchar, cosas no muy convenientes para dichas o escuchadas por mujeres honestas. Lo cual niego, porque nada hay tan deshonesto que, diciéndolo con honestos vocablos, siente mal a nadie. Y en eso me parece haber procedido muy convenientemente. Pero presuponiendo que fuere como digáis (que no pretendo discutir con vosotras, porque venceríais), digo que para responder de por qué así lo he hecho, muchas razones surgen prontamente. En primer lugar, si algo de lo que se me reprende hay en alguna narración, la clase de éstas lo ha requerido, ya que, si con ojos razonables las examina la persona entendida, muy claramente se conocerá que yo no podía contarlas de otra manera, a no ser que me apartase del asunto. Y si hay acaso en ellas alguna partecilla o palabra más libre de lo que acaso agrade a una mujer gazmoña, de ésas para quienes las palabras pesan más que los hechos y más que en ser buenas se esfuerzan en parecerlo, digo que no se me debe a mí censurar más el haber así escrito que pueda censurarse a los hombres y mujeres el andar diciendo todos los días «agujero», y «clavija», y «mortero», y «salchicha», y «mortadela», con otras muchas cosas semejantes. Aparte de lo cual no se debe conceder menos autoridad a mi pluma que al pincel del pintor. Al que, sin reprensión, o al menos sin reprensión justa, dejamos que haga a san Miguel herir a la serpiente con la espada o la lanza; y a san Jorge al dragón donde le place; y a Cristo le hace varón y a Eva hembra; y al mismo que por la salvación de la raza humana quiso en cruz morir, unas veces con un clavo y otras con dos, los pies le fija en ella. Además, bien se puede conocer que estas cosas no se dicen en la iglesia, de cuyas cosas con ánimo y vocablos honestísimos conviene hablar (aunque en las historias eclesiásticas se encuentren muchos lances análogos a los relatados por mí); ni siquiera en las escuelas de los filósofos, donde se requiere no menos honestidad que en cualquier otra parte; ni tampoco entre clérigos ni filósofos, en sitio alguno, sino entre jardines y lugares de solaz, y entre jóvenes, aunque ya lo bastante maduros para que no les trastornen palabras, y en una época en que, para salvarse, ni en los más honrados parecía censurable andar con las bragas en la cabeza. Pueden mis relatos, tales como son, perjudicar y beneficiar, como todas las demás cosas, según los que las escuchan. ¿Quién no sabe que el vino es cosa óptima para los seres vivientes según Cinciglione y Esculapio y muchos otros, y nocivo, empero, para quién tiene fiebre? Porque perjudique a los enfebrecidos, ¿diremos que es malo? Parecidamente, las armas defienden la salud de quienes pacíficamente vivir desean, y también muchas veces matan a los hombres, no por malicia suya, sino de quienes con maldad las emplean.