El Decamerón
El Decamerón Y, así aconsejándose consigo misma, un día puso dos toallas en la ventana del jardín, como el Adornado dijo, y él, contentísimo, al llegar la noche, secretamente y solo fue a la puerta del jardín de la mujer y la encontró abierta. Y ella, mientras él la abrazaba y besaba den mil veces, hízole subir la escalera, tras lo que, acostándose sin tardanza, hasta los últimos términos del amor conocieron. Y esta vez, si bien fue la primera, no fue la última, porque mientras el caballero estuvo en Milán, y aun después de su retorno, el Adornado volvió en ocasiones, con gran placer de ambas partes.