El Decamerón
El Decamerón HABÍA llegado el fin de la prolija novela de Emilia, sin que por lo larga desagradase a ninguno, merced a la variedad y cantidad de casos en ella narrados (aunque todos habían esperado que fuese más corta); y mostrando la reina a Laurita, con un mero signo, su deseo, le dio ocasión de comenzar así:
—Queridísimas amigas, creo conveniente contar una verdad que casi parece mentira y que me ha venido a la mente al oír que se lloraba a uno que los demás creían muerto y enterrado. Y diré cómo un vivo fue por muerto sepultado, y cómo él mismo y otros muchos creyeron que resucitado y no vivo salía de la sepultura, siendo, en consecuencia, por santo adorado quien debió ser condenado como culpable.