El Decamerón
El Decamerón Había, y aún hay, en Toscana una abadía situada, como vemos muchas, en lugar poco frecuentado de los hombres, y de ella fue nombrado abad un monje santísimo en todo, salvo en lo atañente a las mujeres. Pero lo sabía hacer tan cautamente, que nadie lo conocía, ni aun lo sospechaba, y era, así, tenido por justo y santo en todo. Entabló mucha amistad con el abad un muy rico villano, Ferondo de nombre, hombre desmedidamente material y grosero, en cuya compañía no hallaba solaz el abad salvo por algún recreo que a veces la tosquedad del hombre le proporcionaba. Y en el curso de su trato supo el abad que Ferondo tenía una mujer bellísima, de la cual se enamoró fervientemente, al punto de no pensar en otra cosa de día ni de noche. Pero casi desesperaba, porque sabía que Ferondo, basto y simple en otras cosas, era muy prudente en lo que concernía a amar y guardar bien a su mujer. Mas, como hombre avezado, tanto supo el monje manejar a Ferondo, que le convenció de que viniera a veces con su mujer a entretenerse en el jardín de la abadía, y hablaba con ellos de la bienaventuranza de la vida eterna y de las santas obras de muchos hombres y mujeres de antaño. Tanto fue así, que a la mujer de Ferondo entróle deseo de confesarse con él, y pidió licencia a su marido, y la tuvo. Fue, pues, la mujer a confesarse con el abad, no sin gran placer de él, y antes de hablar de otra cosa, ella dijo: