El Decamerón
El Decamerón QERIDÍSIMAS mujeres: Juzgaba yo, tanto por las palabras oídas a hombres sabios como por las muchas cosas que he visto y oído, que el ardiente e impetuoso viento de la envidia no debía sacudir más que las altas torres o las más elevadas copas de los árboles. Pero en mi juicio me encuentro engañado, porque, huyendo yo y habiéndome siempre esforzado en huir, del fiero ímpetu de ese rabioso espíritu, resulta que sopla no sólo en los llanos, sino incluso en los valles profundísimos por donde he procurado andar. Lo que harto manifiesto será a quien las presentes novelitas lea, ya que no solamente han sido escritas por mí en florentino vulgar, en prosa y sin título, sino en estilo tan humilde y desaliñado como he podido. Y, con todo esto, no he podido dejar de ser por la tal ventolera tan fieramente asaltado, que casi me ha conseguido desarraigar, lacerándome con las mordeduras de la envidia. Por lo que manifiestamente puedo comprender cuan verdad es lo que los sabios suelen decir cuando afirman que sólo la miseria, entre las cosas existentes, no es envidiada.