El Decamerón

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LA luna, ya en medio del cielo, había perdido sus rayos, y con la nueva luz que sobrevenía se esclarecía todo nuestro mundo, cuando la reina, levantándose, hizo llamar a toda la reunión. Con lento paso se alejaron todos por aquel bello lugar, dispersándose y pisando el rocío mientras platicaban de diversas cosas y debatían la mayor o menor belleza de las narraciones contadas, con lo que el recordar varios casos relatados suscitaba su risa. Al fin, ya ascendiendo el sol y el calor creciendo, les pareció que debían tornar a su casa. Y, volviendo sobre sus pasos, allá fueron. Estaban las mesas puestas y todo ornado de hierbecillas olorosas y flores y, antes de que el sol arreciase, por orden de la reina se pusieron a comer. Y esto acabado con regocijo, antes de nada entonaron algunas bellas y galanas cancioncillas, y unos se fueron a dormir y otros a jugar al ajedrez y otros a las tablas. Dioneo y Laurita cantaron la canción de Troilo y Criseida. Y llegada la hora de reunirse cuando la reina los llamó según la costumbre, se sentaron alrededor de la fuente. Mas, cuando la reina iba a mandar a contar la narración primera, sucedió una cosa nunca acontecida antes, y fue que la reina y todos oyeron gran tumulto que los criados y otros sirvientes hacían en la cocina. Se llamó al mayordomo y preguntóse qué era aquel escándalo, y su motivo. Respondió él que era la disputa entre Licisca y Tíndaro, pero que no conocía la razón, ya que él acababa de llegar para apaciguarlos cuando fue llamado. Ordenó la reina que sin tardanza se hiciese comparecer a Tíndaro y Licisca y, cuando vinieron, les preguntó la causa de su alboroto. Quiso Tíndaro responder, pero Licisca, que ya era madurilla y más soberbia que otra cosa, arrebatada por el mucho gritar, volvióse hacia él de mal talante, y dijo:


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