El Decamerón
El Decamerón El señor caballero, al que quizá no le sentaba mejor la espada en el cinto que el relatar, comenzó un cuento. El cual era en sí bellísimo, pero el hombre, repitiendo tres o cuatro o seis veces una misma palabra, o volviendo a empezar, o exclamando «no lo dije bien», o errando en los nombres y cambiando uno por otro, mucho la enojaba oyendo cómo él se equivocaba en la calidad de las personas y hechos que acaecían. Así que doña Oretta, al oírle sentía sudores y desmayos de corazón como si estuviera enferma y a punto de muerte. No pudo sufrirlo más, y notando que el caballero había entrado en el nudo del cuento y no iba a terminar nunca, le dijo afablemente:
—Micer, vuestro caballo tiene el trote demasiado recio, por lo que os ruego que me dejéis ir a pie.
El caballero, mucho mejor entendedor que narrador, comprendió la frase y tomando el aviso con buen talante, inició otros relatos, dejando sin acabar el que había comenzado y seguido mal.