El Decamerón
El Decamerón LA narración de Dioneo empezó por impresionar el corazón de tas oyentes con alguna vergüenza, de que dio señal un honesto rubor en sus rostros, mas luego, mirándose la una a la otra, escuchaban sin apenas poder contener la risa. Pero, llegado el fin, y tras reprender con algunas dulces palabras al narrador para que entendiese que semejantes cuentos no eran para relatarlos a mujeres, la reina, dirigiéndose a Fiammetta, que se sentaba en la hierba junto a Dioneo, le mandó que siguiese el orden establecido, y ella, afable y con rostro risueño, empezó:
—Complaciéndome que hayamos entrado a demostrar con nuestras historias la fuerza de las respuestas prontas y oportunas, y entendiendo que en los hombres es signo de gran juicio el buscar el amor de las mujeres de más linaje que ellos, mientras en las mujeres es grande sagacidad mirar de no dejarse arrastrar por el amor de hombres que les sean superiores, me ha venido a la mente, amigas mías, el mostraros, en el cuento que me toca decir, cómo una mujer de alcurnia, con buenas obras y palabras, se guardó de ese peligro y alejó el de otros.