El Decamerón

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—Tú tienes traza de ser agradable a un caballero de esta tierra al que llaman Egano y que tiene muchos sirvientes, todos de buen porte como tú. Yo le hablaré.

Y como lo dijo lo hizo, y antes de separarse de Egano ya habíase acomodado con él a Anichino, que se hizo extremadamente grato a su señor. Y, con Egano estando y para ver a menudo a su mujer, tanto se esmeró en el servicio de Egano, que éste se le aficionó mucho y no sabía hacer cosa sin él, al punto de darle el gobierno de todos sus asuntos. Y, yendo un día Egano a cazar con azor, y quedando en casa Anichino, doña Beatriz, que en su amor no había reparado todavía, aunque sí le pareciera bien de aspecto y maneras, se puso a jugar con él al ajedrez. Anichino, que deseaba complacerla, con destreza se dejaba vencer, con no poco regocijo de la dama. Partiéronse todas las mujeres de la señora, dejándolos jugar a solas, y Anichino exhaló un gran suspiro. La dama le miró y dijo:

—¿Qué tienes, Anichino? ¿Tanto te duele que te gane?

—Mayor cosa que ésa, señora —dijo Anichino—, motivó mi suspiro.

—Dímelo, por mi vida, si me quieres bien —dijo la mujer.


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