El Decamerón

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Debéis, pues, saber que hubo en nuestra ciudad un riquísimo mercader llamado Arriguccio Berlinghieri, el cual, tan neciamente como aún hogaño hacen a diario los mercaderes, creyó poder ennoblecerse con el matrimonio, y casó con una joven noble, poco idónea para él, cuyo nombre era doña Sismunda. La cual, como él, según hacen los mercaderes, andaba mucho de viaje y pasaba poco tiempo con ella, se enamoró de un joven llamado Roberto, que la había largamente galanteado, y habiendo entrado en intimidad, y acaso usándola con poca discreción, fuese que Arriguccio oyera algo, o fuese otra cosa, convirtióse en el más celoso de los hombres, y abandonó el viajar y todos sus tratos para poner toda su solicitud en guardar bien a su mujer. Nunca se dormía si no la sentía primero entrar en el lecho, lo que mucho acongojaba a la mujer, que no conseguía por medio alguno ser de Roberto. Y, teniendo muchos pensamientos para encontrar un procedimiento de avistarse con él, que se lo solicitaba mucho, se le ocurrió que, pues su estancia miraba a la calle, y pues Arriguccio, a pesar de sus esfuerzos, acababa durmiéndose profundamente, podía hacer acudir a Roberto a medianoche a la puerta de su casa, y abrirle, y estar un trecho con él mientras su marido dormía. Y para sentir al joven cuando llegaba, sin que lo notase nadie, puso un cordel que, desde la ventana, llegaba a la calle y cuyo otro cabo, salvando el alféizar, iba a esconderse entre las ropas de la cama. Cuando se acostara, ligaríase el cordel al dedo grueso del pie. Y advirtiendo de esto a Roberto, le dijo que, cuando acudiera, del cordel tirase, y ella, si el marido dormía, bajaría a abrirle, y, si no dormía, tiraría del cordel hacia sí, para que su amante no esperara.


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