El Decamerón

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LA luz, ante cuyo esplendor la noche huía, había ya mudado el color azul oscuro del octavo cielo en azul celeste, y comenzaban a abrirse las flores en los prados, cuando Emilia, levantándose, hizo llamar a sus compañeras y a los jóvenes. Acudieron y, siguiendo los lentos pasos de la reina, fueron hasta un bosquecillo no muy lejano del palacio. Y entrándose por allí vieron a los corzos, ciervos y otros animales que, libres de cazadores por la peste, los esperaban como si estuviesen domesticados; y ellos, acercándose ora a uno y ora a otro, haciéndolos correr o saltar, por algún tiempo así se solazaban. Pero ya se levantaba el sol y a todos les pareció conveniente regresar. Todos iban engalanados con hojas de encina y con las manos llenas de hierbas olorosas y flores, y quien los hubiera encontrado habríase dicho: «O éstos no son de la muerte vencidos, o los hallará contentos». Y así, echando un pie tras el otro, cantando, platicando y bromeando, llegaron al palacio donde todo lo encontraron ordenadamente dispuesto y a sus servidores muy joviales y de buen talante. Reposaron un tanto y, antes de irse a la mesa, no menos de seis cancioncillas, cada una más risueña que la otra, cantaron los jóvenes y las mujeres. Y tras esto, diéronse agua a las manos y, de acuerdo con lo que quiso la reina, púsoles a la mesa el mayordomo, donde, llegadas las viandas, comieron con alegría. Y, una vez alzados los manteles, a cantar y danzar dedicaron algún tiempo, y luego, por mando de la reina, quien quiso se fue a reposar. Pero ya la usual hora llegaba y cada uno al lugar de costumbre acudió a razonar. Miró la reina a Filomena y le dijo que diera principio a los cuentos del día, y ella, sonriendo, comenzó de esta guisa:


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