El Decamerón

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Narración segunda

YA callaba Filomena, y el buen sentido con que la dama supo quitarse de encima a sus pretendientes era por todos alabado (mientras no por amor, sino por locura, se tenía la osadía de los amantes), cuando la reina, blandamente, dijo a Elisa:

—Elisa, sigue.

Y ella prestamente comenzó:

—Queridísimas amigas: discretamente supo doña Francisca zafarse, como se ha dicho, de aquella importunidad, pero sé de una joven monja que, ayudada por la fortuna, hablando donosamente se libró de un inminente peligro. Ya sabéis que hay muchos que, aunque muy estúpidos, se convierten en maestros y escarnecedores de los demás, mas a ellos, como veréis por mi narración, la fortuna, a veces, merecidamente castiga; y esto ocurrió a la abadesa bajo cuya obediencia estaba la monja que dije.


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