El Decamerón

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Con esto muchas monjas levantaron el rostro hacia la abadesa, y ella, llevándose a la cabeza las manos, comprendió, como comprendieron todas, lo que Isabel decía. Y la abadesa, reconociendo su yerro y viéndose descubierta por todas, sin escape posible, mudó de sermón y en guisa muy diferente a la de antes habló y vino a la conclusión de que era imposible defenderse de los estímulos de la carne, y, al fin, con discreción, como ella hasta entonces hiciera, dio licencia a todas para que como pudiesen se refocilasen. Y, libertando a la joven, con su cura se fue a dormir, e Isabel con su amante, al cual, muchas veces después, a despecho de las envidiosas, hizo acudir; y las demás que carecían de amante, como supieron mejor, secretamente se procuraron ventura.










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