El Decamerón
El Decamerón Ya se ha mostrado bastante claro quién era Calandrino y los demás de que en mi cuento debo discurrir, y por eso digo sin más que una tÃa de Calandrino murió y le dejó doscientas liras en monedita suelta. Por lo cual Calandrino comenzó a decir que querÃa comprar una finca y, como si fuese a gastar diez mil florines de oro, con cuantos corredores habÃa en Florencia emprendÃa tratos que siempre se disipaban al llegar al precio. Bruno y Buffalmacco, que estas cosas sabÃan, le habÃan dicho muchas veces que mejor harÃa gastándose con ellos el dinero que no comprando tierra que no le servirÃa para nada; mas con todos sus ardides no habÃan conseguido, no ya lo propuesto, sino que ni una sola vez Calandrino les invitase a comer. Doliéndose de ello un dÃa, y sobreviniendo un pintor compañero suyo, llamado Nelo, deliberaron entre los tres el modo de regodearse a expensas de Calandrino. Y, sin demora, y ya acordado lo que debÃan hacer, esperaron a Calandrino cuando éste salÃa de casa, y a los pocos pasos fue Nelo a su encuentro y le dijo:

—Buenos dÃas, Calandrino.
Calandrino le respondió que Dios le diese buen dÃa y buen año. Y Nelo, tras un poco, le empezó a mirar a la cara.
Dijo Calandrino:
—¿Qué miras?