El Decamerón
El Decamerón —Gentilísimas amigas: creo que sabéis que nunca se habla tanto de una cosa que llegue a fatigar, siempre que se acierte con el momento y ocasión que requiere esa cosa. Y así, pensando en el fin por el que aquí estamos, que es para divertirnos y regocijarnos, y no para otra cuestión, estimo que cuanto nos regocije y divierta, y ello en su sazón y lugar oportuno, siempre deleitará, aunque antes se haya hablado de ello cien mil veces. Por lo que, aunque de los hechos de Calandrino hemos ya varias veces razonado, considerando, como dijo Filóstrato, que todos son placenteros, osaré, sobre los sucedidos, relataros otro, puesto que si de la verdad del hecho me quisiera apartar, podría bajo otros nombres recomponerla o narrarla. Pero como apartarse de la verdad de lo que se cuenta es disminuir el deleite de los oyentes, en su propia forma, por la razón aducida, os la explicaré. Nicolás Cornacchini fue conciudadano nuestro y hombre rico, y entre sus posesiones tenía una muy bella en Camerata, y en ella hizo construir un muy honroso y buen edificio, y con Bruno y Buffalmacco acordó que se lo pintaran. Ellos, como el trabajo era mucho, tomaron por ayudantes a Nelo y a Calandrino y comenzaron la tarea. Y aunque allí no había alcoba alguna provista de lecho, ni de otras cosas oportunas, y sólo una criada vieja hacía de guardiana del lugar, ya que no había otra servidumbre, un hijo de Nicolás, llamado Felipe, como era joven y soltero, llevaba una mujer algunas veces a su capricho, y la tenía con él un día o dos y luego la enviaba fuera. Y entre otras veces ocurrió que en una ocasión llevó a una joven, llamada Nicolasa, a la que un rufián, llamado Mangione, tenía en un prostíbulo de Camaldoli y la explotaba.