La Consolación de la filosofía

La Consolación de la filosofía

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38.–     ”Sin embargo, tú que vivías en mí, arrojabas del fondo de mi alma todo deseo de bienes perecederos; por otra parte, bajo tu mirada vigilante no podía cometerse el sacrilegio. Tú me inspirabas de continuo, haciendo resonar en mis oídos y en mi pensamiento la máxima de oro de Platón: sigue a Dios.

39.–     ”No era dable que recurriera yo al auxilio de espíritus vilísimos, cuando tú te esforzabas por crear en mí una excelencia que me asemejaba a los dioses20.

40.–     ”Fuera de esto, un hogar como el mío, sin tacha, la compañía de amigos irreprochables, un padre político que es la rectitud en persona, tan respetable como tú misma, descartan hasta la sospecha de que yo pudiera haber cometido tan indigna villanía.

41.–     ”Pero, ¡oh monstruosidad! Si se me acusa de tan horrendo crimen, es precisamente por ti, que siempre has sido mi maestra; si no me consideran del todo ajeno a él, es debido a que me conocen, imbuido en tus enseñanzas y dócil a tu disciplina.

42.–     ”No es, pues, bastante que el culto que yo te he profesado no me sirva de nada, sino que es preciso además que tú también recibas los golpes con que a mí quieren herirme.


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