Danzante del Filo
Danzante del Filo El aire rugió en sus oÃdos mientras Lift caÃa hacia las sombras de la ciudad. Por un momento, parecÃa que la oscuridad la consumirÃa, pero entonces, el poder dentro de ella se encendió. La luz de las estrellas parecÃa envolverla, y el mundo se ralentizó. Tocó una cornisa con la punta de los pies, impulsándose hacia un estrecho callejón mientras Wyndle gritaba en su mente. —¡Eso fue imprudente, señora! ¡Completamente imprudente! —¿Pero efectivo, no? —replicó ella, girando para aterrizar suavemente en el suelo empedrado. Se escondió en las sombras, jadeando, mientras observaba el puente cristalino desde abajo. Oscuridad estaba allÃ, mirando hacia donde ella habÃa desaparecido, sus ojos como brasas apagadas. —No puede dejarme ir —murmuró Lift, medio para sà misma. —Es porque no eres solo una niña cualquiera —respondió Wyndle, su tono más serio de lo habitual—. Eres una Radiante, señora. Y eso significa que tienes un propósito más grande. —¿Radiante? —Lift frunció el ceño—. Yo no pedà esto. —Y sin embargo, aquà estamos. Oscuridad se desvaneció de su vista, pero Lift sabÃa que la caza no habÃa terminado. Él nunca se detenÃa, nunca abandonaba a sus presas. Ella tendrÃa que enfrentarlo. Pero primero, necesitaba encontrar respuestas. Caminó por los callejones hasta llegar a una plaza silenciosa. AllÃ, encontró a una anciana sentada junto a una fuente rota, sus manos arrugadas jugando con un trozo de tela. —Te estaba esperando —dijo la mujer sin levantar la vista. —¿A mÃ? —Lift ladeó la cabeza, desconfiada. —Tú y Oscuridad están en un camino que lleva a un mismo lugar. Pero la pregunta es: ¿serás tú quien cambie la dirección? Lift se acercó con cautela, sentándose en el borde de la fuente. —Él dice que soy un peligro, que lo que tengo no deberÃa existir. La anciana la miró, sus ojos llenos de una sabidurÃa que parecÃa demasiado pesada para su cuerpo frágil. —Lo que tienes es un regalo, niña. Pero también una responsabilidad. Oscuridad no te teme a ti, sino a lo que representas. —¿Y qué se supone que represento? —Lift agitó las manos, frustrada—. ¿Panecillos? La anciana rió suavemente, como si hubiera estado esperando esa respuesta. —Representas esperanza. Y eso es algo que él no puede controlar. Lift sintió que algo dentro de ella se revolvÃa. QuerÃa rechazar las palabras, decir que no era más que una ladrona que seguÃa al hambre dondequiera que la llevara. Pero sabÃa que no era cierto. La anciana se levantó con dificultad, señalando hacia el horizonte. —Oscuridad estará esperándote en el templo abandonado. Allà es donde debes decidir quién eres realmente. —¿Y si no quiero decidir? —preguntó Lift. —Ya lo has hecho, niña. Cada vez que eliges ayudar, cada vez que eliges luchar, ya has decidido. Lift suspiró y se puso de pie. —Está bien, iré. Pero si me mata, tú tendrás que explicarle a Wyndle por qué no me quedé en casa plantando flores. La anciana rió, y mientras Lift se alejaba, las palabras resonaron en su mente: esperanza. Cuando llegó al templo, la noche estaba en su punto más oscuro. Las paredes de piedra estaban cubiertas de musgo, y las puertas, abiertas de par en par, parecÃan invitarla a entrar. Dentro, Oscuridad la esperaba, su figura alta y sombrÃa destacándose contra las luces titilantes de los fabriales colgantes. —Lift —dijo, su voz tan frÃa como el viento que atravesaba las ruinas—. SabÃa que vendrÃas. Ella lo miró, sintiendo por primera vez algo más que miedo. SentÃa determinación. —Tal vez no soy la persona que esperabas que fuera —dijo ella, avanzando lentamente—. Pero no pienso dejar que decidas quién debo ser. Oscuridad desenvainó su espada, y el sonido resonó en la sala vacÃa. —Entonces muéstrame quién eres.
