El aliento de los dioses
El aliento de los dioses —Alguien que quiere ver qué harás cuando descubras que Hallandren no es el enemigo que crees.
Vivenna lo miró, su corazón latiendo con furia.
—Hallandren me arrebató a mi hermana.
—¿Y si te digo que tal vez ella no necesite ser salvada?
Las palabras la golpearon como un puñal.
Porque en lo más profundo de su ser, temía que fueran verdad.
La noche cayó sobre Hallandren, pintando la ciudad con sombras ondulantes que se mezclaban con los colores vibrantes de sus murallas. Siri caminaba por los pasillos de la fortaleza con el pulso acelerado. El Rey-Dios no era el monstruo que imaginaba. No la había tocado, ni una sola vez. Y más aún, no podía hablar, lo que significaba que no gobernaba realmente.
Alguien más estaba moviendo los hilos.
La idea la llenó de terror y determinación a partes iguales. Si el Rey-Dios era un prisionero de su propio trono, entonces ¿quién manejaba Hallandren desde las sombras?
—Los sacerdotes —susurró.
Los mismos que la vigilaban, que controlaban cada uno de sus movimientos. Treledees, con su sonrisa calculada, siempre asegurándose de que nunca hiciera demasiadas preguntas.
