El aliento de los dioses
El aliento de los dioses Un grupo de mercenarios la rodeó en un callejón oscuro.
—Es solo polÃtica —dijo el hombre, con un encogimiento de hombros—. Nos pagaron más.
Y en ese instante, Vivenna entendió que Hallandren no la estaba cambiando. La estaba revelando.
No era la salvadora que habÃa imaginado ser.
Solo era otra pieza en un juego mucho más grande.
El agua frÃa se deslizaba por su piel mientras Vivenna jadeaba, sus manos aferrándose a las piedras húmedas del canal donde la habÃan arrojado. Su mente aún no procesaba del todo lo que habÃa pasado. La traición, el filo de la daga que casi le corta la garganta, la desesperación de huir en la oscuridad.
Estaba sola.
No tenÃa aliados, no tenÃa un plan. La resistencia en la que habÃa confiado la habÃa vendido como si fuera un simple objeto de cambio.
—Maldición —susurró, su cuerpo temblando de furia y agotamiento.
Una risa suave se filtró desde la penumbra.
—Parece que al fin has despertado.
Vivenna alzó la vista. Sondeluz estaba allÃ, observándola con esa sonrisa perezosa, como si todo esto fuera un espectáculo montado para su diversión.
