El aliento de los dioses
El aliento de los dioses No eran más que prisioneros dorados en la corte de los dioses.
Pero no por mucho más tiempo.
La tormenta estalló sobre Hallandren con la furia de los dioses. El viento sacudÃa los estandartes de colores, como si la ciudad misma estuviera temblando ante lo que se avecinaba.
Siri corrió por los pasillos de la fortaleza, su corazón latiendo como un tambor de guerra. La verdad habÃa quedado expuesta. Los sacerdotes no solo controlaban a Susebron, sino que planeaban eliminarlo. Sin lengua, sin poder, sin nadie que pudiera defenderlo, el Rey-Dios era un obstáculo que estaban listos para apartar del camino.
—No lo permitiré —susurró Siri, con el pulso acelerado.
Si no hacÃa algo ahora, todo acabarÃa.
Vivenna desenrolló la tela que cubrÃa la daga en su mano. Sus dedos temblaban, pero su mirada era de acero. HabÃa pasado semanas en las sombras, aprendiendo, observando, y ahora sabÃa lo que tenÃa que hacer.
Sondeluz la observó desde la distancia, con una expresión que parecÃa una mezcla de diversión y respeto.
—Vas a hacer algo estúpido, ¿verdad?
—Voy a hacer lo que es necesario.
