El aliento de los dioses
El aliento de los dioses Él sonrió, inclinando la cabeza con un destello de aprobación en los ojos.
—Entonces supongo que me uno a la locura.
Vivenna no respondió. No había tiempo para dudas.
Las puertas del palacio se alzaban frente a ella.
Era hora de terminar con todo.
Siri se deslizó dentro de los aposentos de Susebron, con la respiración entrecortada. Él ya la esperaba, sus ojos reflejando la misma determinación.
—Nos vamos de aquí —dijo ella.
El Rey-Dios se puso de pie.
Pero afuera, los pasos de los sacerdotes ya se acercaban.
La caza había comenzado.
El eco de las pisadas resonaba en los pasillos de la fortaleza. Siri y Susebron corrían, con el sonido de los guardias pisándoles los talones. Cada giro era una trampa, cada sombra podía ocultar su muerte. Pero ella no iba a detenerse.
—¡Por aquí! —susurró, tirando de la mano de Susebron mientras se deslizaban por un pasillo estrecho.
La salida estaba cerca. Solo necesitaban un poco más de tiempo.
