Palabras radiantes
Palabras radiantes El viento ululaba como un grito entre las grietas de las Llanuras Quebradas. Kaladin jadeaba mientras se mantenÃa de pie en el campo de batalla, cubierto de sangre y barro. A su alrededor, los cuerpos de los hombres del Puente Cuatro estaban dispersos, pero no muertos. HabÃan sobrevivido otra misión suicida, pero a un costo que era más difÃcil de soportar con cada dÃa que pasaba.
—Esto no puede seguir asÃ, Kal —dijo Teft, con un corte en la ceja y un peso evidente en su voz—. Los muchachos están al lÃmite.
Kaladin apretó los dientes. SabÃa que tenÃa razón. Cada misión los empujaba más cerca del abismo, y aunque habÃan mejorado, no podÃan seguir enfrentándose a las probabilidades sin romperse. Pero ¿qué opción tenÃan?
—Sadeas no nos dará tregua —respondió Kaladin, limpiándose el sudor de la frente—. Y si nos rebelamos ahora, nos matarán a todos.
—¿Y entonces qué? —gritó Teft, la frustración rompiendo su habitual compostura—. ¿Esperamos hasta que nos maten de todas formas?
Kaladin no tenÃa respuesta. SentÃa el peso del destino sobre sus hombros, como si todo dependiera de él, pero no sabÃa cómo cargarlo.
