Si lo crees, lo creas
Si lo crees, lo creas Desde la infancia, dos miedos fundamentales se implantan en la mente: el miedo al fracaso y el miedo al rechazo. Ambos actúan como frenos invisibles que sabotean decisiones, paralizan la acción y generan inseguridad constante. El miedo al fracaso surge cuando se castiga o ridiculiza el intento; el mensaje que se graba es: “Si lo intento y fallo, seré castigado”. El resultado: “mejor no lo intento”. El miedo al rechazo, en cambio, nace cuando el amor es condicionado a la obediencia o al desempeño. El niño aprende: “Si no hago lo que quieren, no me amarán”. En la adultez, se manifiesta como una necesidad compulsiva de aprobación externa.
Estos miedos generan pensamientos como “no puedo” o “tengo que hacerlo aunque no quiera”, que limitan la libertad personal. Provocan dolor físico: tensión en el cuerpo, ansiedad, evasión. Incluso decisiones simples se vuelven agobiantes por miedo a equivocarse o ser juzgado. Pero todo miedo aprendido puede desaprenderse. Identificar esos patrones y reemplazarlos con nuevas creencias es el primer paso.
