Agnes Grey
Agnes Grey —Si hubiera esperado un momento, le habrÃa enviado al lacayo, señorita Grey… No tenÃa por qué aceptar el paraguas del señor Weston —comentó Rosalie, con su bonita cara ensombrecida por una nube de fastidio.
—No necesitaba el paraguas, pero el señor Weston me ofreció el suyo y, aunque lo rechacé, insistió tanto que no quise ofenderle —repliqué, sonriendo tranquilamente, pues me sentÃa tan feliz que lo que en otra ocasión me hubiese herido ahora me divertÃa.
El coche se puso en marcha. Al pasar por delante del señor Weston, la señorita Murray se inclinó para asomarse por la ventanilla. El señor Weston caminaba por la carretera de vuelta a casa y no volvió la cabeza.
—¡Asno! —exclamó ella, derrumbándose otra vez en el asiento—. ¡No sabes lo que te has perdido por no mirar en esta dirección!
—¿Qué se ha perdido?
—Un saludo mÃo, que le habrÃa llevado directamente al cielo.
No hice ningún comentario. Me di cuenta de que estaba de mal humor, lo cual me alegró secretamente; no porque se sintiera humillada, sino porque creyera que tenÃa motivos. Aquello me hacÃa pensar que mis esperanzas no eran solo producto de mis sueños y de mi imaginación.