Agnes Grey

Agnes Grey

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«¡Ay, cómo me gustaría que un espíritu bueno susurrara estas palabras al oído del señor Weston!», exclamé interiormente.

Me sentía demasiado indignada para arriesgar un comentario en voz alta y el nombre del señor Weston no volvió a mencionarse aquel día. Pero a la mañana siguiente, poco después del desayuno, la señorita Murray entró en el cuarto donde su hermana se dedicaba a estudiar —o, debería decir, donde se dedicaba a oírme como quien oye llover, porque a aquello no se le podía llamar «estudiar»— y dijo:

—Matilda, quiero que vengas a dar un paseo conmigo sobre las once.

—¡Lo siento, Rosalie, pero no puedo! Tengo que dar unas instrucciones sobre mi nueva montura y hablar con el trampero sobre sus perros. Pero la señorita Grey puede ir contigo.

—No, quiero que vengas tú —dijo Rosalie. Y llamando a su hermana a la ventana, le susurró unas palabras al oído, tras lo cual la otra consintió en acompañarla.

Recordé entonces que las once era la hora en que el señor Weston dijo que iría a casa de los guardeses y, al recordarlo, adiviné el sentido de aquella maquinación.


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