Agnes Grey
Agnes Grey A la dificultad de impedirle hacer lo que no debía hacer, se añadía la de obligarle a hacer lo que debía. A menudo, se negaba rotundamente a estudiar o a repetir sus lecciones, incluso a abrir el libro. De nuevo, un buen cachete hubiera sido muy útil; pero, como mis poderes eran tan limitados, debía hacer buen uso de lo que tenía. Como no había un horario fijo para las clases y para el juego, decidí poner a mis alumnos algunos deberes que, sin esforzarse demasiado, podían hacer en poco tiempo; y hasta que no los terminasen —fuera cual fuese mi estado de agotamiento o su grado de perversidad— los niños no podían abandonar la clase bajo ningún concepto; aunque tuviese que sentarme delante de la puerta para evitar que salieran. Paciencia, firmeza y perseverancia eran mis únicas armas, y resolví utilizarlas al máximo.