La inquilina de Wildfell Hall

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CAPÍTULO VIII

EL REGALO

Habían pasado seis semanas. Era una espléndida mañana de finales de junio. La mayor parte del heno estaba recogido, pero la semana anterior había sido muy poco propicia; ahora que por fin había llegado el buen tiempo, y decidido a aprovecharlo lo más posible, había puesto a todos los hombres a trabajar en el henar y yo mismo estaba entre ellos, en mangas de camisa, con un ligero sombrero de paja en la cabeza, levantando brazadas de hierba húmeda y humeante, esparciéndola a los cuatro vientos, a la cabeza de una fila de criados y jornaleros. Trataba así de trabajar de la mañana a la noche con el mismo celo y constancia que podía exigir de cualquiera de ellos y de hacer prosperar la labor con mi propio esfuerzo al mismo tiempo que animaba a los trabajadores con mi ejemplo. Y he aquí que todas mis resoluciones se fueron al traste en un momento cuando de pronto apareció mi hermano corriendo hacia mí y me puso en la mano un pequeño paquete, recién llegado de Londres, que yo estaba esperando desde hacía algún tiempo. Rasgué el envoltorio y ante mis ojos apareció una elegante edición de Marmion[2].

—Me parece que sé para quién es eso —dijo Fergus, que permanecía de pie, mirándome, mientras yo examinaba complacido el volumen—. Es para Eliza.

Dijo esto con una mirada y un tono tan prodigiosamente intencionados que me satisfizo contradecirle.


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