La inquilina de Wildfell Hall
La inquilina de Wildfell Hall UNA SERPIENTE EN LA HIERBA
Aunque podría decirse ahora que mis sentimientos se alejaban claramente de Eliza, no dejé del todo de hacer visitas a la vicaría, porque deseaba, por así decirlo, dejar que ella se desilusionara poco a poco, sin causar mucho dolor o atraer mucho resentimiento, o convertirme en el objeto de las habladurías de la parroquia; además, si me hubiera mantenido apartado del todo, el vicario, que consideraba que mis visitas se las hacía fundamentalmente, si no completamente, a él, se habría sentido ofendido por la negligencia. Pero cuando fui a su casa al día siguiente de mi entrevista con la señora Graham, él no estaba: una circunstancia para mí en absoluto tan agradable como lo había sido en ocasiones anteriores. La señorita Millward estaba allí, es verdad, pero ella, naturalmente, no era mucho más que nada. Sin embargo, decidí abreviar mi visita y hablar con Eliza de una manera fraternal y amistosa, actitud que nuestra antigua intimidad me daba derecho a adoptar y que no podía, pensé, ser una ofensa ni servir para alimentar falsas esperanzas.
Nunca tuve la costumbre de hablar de la señora Graham con ella ni con ninguna otra persona; pero no hacía tres minutos que me había sentado cuando Eliza aludió a aquella dama de una manera bastante curiosa.
