La inquilina de Wildfell Hall

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CAPÍTULO XIII

VUELTA AL TRABAJO

—¡Mi querido Gilbert! Me gustaría que trataras de ser un poco más amable —dijo mi madre una mañana, después de una cierta exhibición de mal humor por mi parte—. Dices que no te pasa nada y que no ha ocurrido nada que te haya entristecido y, sin embargo, no he visto nunca a nadie tan alterado como tú desde hace algunos días. No tienes una palabra amable para nadie; amigos y extraños, iguales y subordinados, todos reciben el mismo trato. Me gustaría que te corrigieras.

—Corregir ¿qué?

—Qué va a ser, tu extraño comportamiento. No sabes hasta qué punto te perjudica. Estoy segura de que no habría mejor carácter que el tuyo natural si dejaras que se manifestara libremente; así que no tienes excusa.

Mientras me sermoneaba de esta manera, cogí un libro y, dejándolo abierto sobre la mesa que había delante de mí, fingí estar profundamente absorto en su lectura. Me sentía incapaz de justificarme y al mismo tiempo no deseaba reconocer mis errores, no quería decir una palabra sobre el asunto. Pero mi excelente madre siguió con su amonestación, luego pasó a adularme y comenzó a acariciar mi cabello. Yo empezaba a sentirme un buen muchacho, pero mi perverso hermano, que estaba haraganeando por la habitación, excitó mi maldad al gritar repentinamente:


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