La inquilina de Wildfell Hall

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CAPÍTULO XV

UN ENCUENTRO Y SUS CONSECUENCIAS

Aquel día fue lluvioso, como el anterior; al atardecer el cielo comenzó a aclararse y la mañana siguiente se presentó agradable y prometedora. Yo estaba en la colina con los segadores. Un viento ligero rozaba el trigo; toda la naturaleza parecía regocijarse con la luz del sol. La alondra volaba alborozada entre las nubes plateadas que flotaban. La última lluvia caída había refrescado y aclarado el aire tan dulcemente, y limpiado el cielo, y dejado unas gemas tan relucientes sobre las ramas y las hojas, que ni siquiera los granjeros se atrevían a maldecirla. Pero ningún rayo de luz podía alcanzar mi corazón, ninguna brisa podía refrescarlo; nada podía llenar el vacío que mi alegría, mi fe y mi esperanza en Helen Graham habían dejado, o ahuyentar los recuerdos sombríos y los posos amargos del amor todavía vivo que lo oprimía.

Estaba con la camisa remangada, contemplando, abstraído, la curva ondulante del trigo todavía no importunado por los segadores, cuando algo me tiró suavemente de los faldones y una vocecita, que no era ya agradable a mis oídos, me despertó con estas sorprendentes palabras:

—Señor Markham, mamá desea verle.

—¿Quiere verme, Arthur?


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