La inquilina de Wildfell Hall

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CAPÍTULO XVII

MÁS ADVERTENCIAS

Al día siguiente acompañé a mis tíos a un convite en casa del señor Wilmot. Tenía hospedadas en su casa a dos damas: su sobrina Annabella (una muchacha vivaz y bella, o más bien una mujer joven de unos veinticinco años, demasiado coqueta para casarse, según su propia afirmación, pero enormemente admirada por el caballero, quien propagaba a los cuatro vientos que era una mujer espléndida) y su comedida prima Milicent Hargrave, que me había tomado una gran simpatía, creyéndome erróneamente algo mucho mejor de lo que era. Y yo, en compensación, le tenía un gran cariño. Excluiría por completo a la pobre Milicent de mi antipatía general por las damas que conocí. Pero no he mencionado la velada a causa de ella, o de su primo, sino en honor de otro de los invitados del señor Wilmot: el señor Huntingdon. Tengo una buena razón para recordar su presencia: fue la última vez que le vi.






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