La inquilina de Wildfell Hall
La inquilina de Wildfell Hall PERSISTENCIA
24 de septiembre. — Por la mañana me levanté descansada y alegre; más aún, intensamente feliz. La nube que pendía sobre mí, formada por las opiniones de mi tía y por el temor a no obtener su consentimiento, se disolvió en la luminosa refulgencia de mis propias esperanzas y en la conciencia demasiado deliciosa del amor correspondido. Era una espléndida mañana y salí a disfrutarla dando un tranquilo paseo en compañía de mis propios y dichosos pensamientos. La hierba estaba cubierta de rocío y diez mil hilos finísimos se ondulaban con la brisa; el feliz petirrojo derramaba su pequeña alma en canto, y mi corazón desbordaba de silenciosos himnos de gratitud y alabanza al Cielo.
Pero no me había alejado mucho cuando mi soledad fue interrumpida por la única persona que podía haber perturbado mis meditaciones sin ser considerado un intruso inoportuno: el señor Huntingdon se acercó a mí repentinamente. La aparición fue tan inesperada que podía haberla creído creación de una imaginación sobreexcitada, si sólo el sentido de la vista hubiera atestiguado su presencia; pero sentí de inmediato su fuerte brazo alrededor de mi cintura y su cálido beso en mi mejilla, mientras su vivo y alegre saludo —«¡mi Helen!»— repicaba en mi oído.
