La inquilina de Wildfell Hall

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CAPÍTULO XXXIII

DOS VELADAS

7. — Sí, ¡puedo confiar! Esta noche he oído a Grimsby y Hattersley quejarse de la inhospitalidad de su anfitrión. No sabían que yo me hallaba cerca, porque dio la casualidad de que estaba detrás de la cortina de la ventana, observando la salida de la luna por encima de la masa de altos, oscuros olmos situados más abajo del prado, preguntándome por qué Arthur estaba tan sentimental como para estar solo, apoyado contra una columna del porche, al parecer mirándola también.

—Me parece que ya no va a haber más alegres orgías en esta casa —dijo el señor Hattersley—. Sabía que su compañerismo no duraría mucho. Pero —añadió, riéndose— no esperaba que terminara de esta manera. Más bien creí que nuestra bonita anfitriona erizaría sus púas de puercoespín, y nos amenazaría con echarnos de la casa si no corregíamos nuestros modales.

—¿No previste esto entonces? —respondió Grimsby con una risa ahogada—. Pero él cambiará otra vez cuando se harte de ella. Si volvemos aquí dentro de un año o dos, lo haremos todo a nuestra manera, ya verás.

—No lo sé —respondió el otro—. Ella no es de esa clase de mujeres de las que te cansas en seguida; sea como fuere, el caso es que es diabólicamente irritante que no podamos divertirnos porque él ha decidido portarse bien.


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