La inquilina de Wildfell Hall

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CAPÍTULO IV

LA FIESTA

Nuestra fiesta del 5 de noviembre transcurrió agradablemente, a pesar de la negativa de la señora Graham a honrarla con su presencia. En realidad, es probable que de haber asistido a ella hubiera habido menos cordialidad, libertad y juego entre nosotros de los que hubo sin ella.

Mi madre, como de costumbre, estuvo alegre y habladora, servicial y amable; su única equivocación fue pretender con demasiada inquietud que sus invitados fueran felices, obligando a varios de ellos a hacer lo que sus espíritus detestaban: a comer o beber, a sentarse frente a la chimenea o a hablar cuando les hubiera gustado permanecer en silencio. No obstante, lo soportaron muy bien, pues estaban dispuestos a divertirse.

El señor Millward fue generoso en dogmas importantes y bromas sentenciosas, anécdotas pomposas y discursos magistrales, pronunciados para la ilustración de la reunión en general y de la cautivada señora Markham, el cortés señor Lawrence, la juiciosa Mary Millward, el apacible Richard Wilson y el prosaico Robert en particular, que fueron los oyentes más atentos.


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