La inquilina de Wildfell Hall
La inquilina de Wildfell Hall UNA REFORMA
1 de septiembre. — Ningún asomo del señor Huntingdon todavía. Quizá se quede con sus amigos hasta Navidad; y luego, la próxima primavera estará fuera otra vez. Si sigue de este modo, seré capaz de vivir en Grassdale bastante bien, es decir, seré capaz de vivir, y eso es bastante. Incluso una reunión casual de amigos en la época de caza puede soportarse, siempre que Arthur siga tan firmemente ligado a mí, tan afianzado en el buen sentido y en los buenos principios antes de que ellos vengan, que yo sea capaz, por medio de la razón y el cariño, de mantenerle insensible a su influencia. ¡Vana esperanza, me temo! Sin embargo, hasta que llegue ese tiempo de prueba, dejaré de pensar en mi tranquilo refugio en la querida y vieja mansión.
El señor y la señora Hattersley han estado quince días en el Grove; como el señor Hargrave está ausente todavía y el tiempo era excelente, no dejé de ver ni un solo día a mis dos amigas, Milicent y Esther, aquí o allí. En una ocasión en que el señor Hattersley las había traído a Grassdale en el faetón, junto con los pequeños Helen y Ralph, y estábamos divirtiéndonos en el jardín, tuve unos minutos de conversación con ese caballero, mientras las damas se entretenían con los niños.
—¿Quiere saber algo de su marido, señora Huntingdon? —preguntó.
