La inquilina de Wildfell Hall

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CAPÍTULO XLV

RECONCILIACIÓN

Bueno, Halford, ¿qué piensas de todo esto? Y mientras lo leías, ¿te imaginaste por algún momento qué sentimientos me habrían embargado al leerlo yo? Seguramente no; pero no voy a comentarlos ahora; sólo haré esta confesión, por poco honrosa que pueda ser para la naturaleza humana, y en particular para mí: la primera parte del diario fue, para mí, más penosa que la última; no es que fuera en absoluto insensible a los pesares de la señora Huntingdon o inconmovible ante sus sufrimientos, sino que, debo confesarlo, experimenté una especie de satisfacción egoísta al contemplar que el concepto en que tenía a su marido iba degradándose poco a poco, y al ver cómo éste extinguía todo el afecto que ella sentía. El efecto de conjunto, sin embargo, a pesar de toda la simpatía que sentía por ella y la cólera que él me inspiraba, fue librar a mi espíritu de una carga insoportable, y llenar de alegría mi corazón, como si algún amigo me hubiera despertado de una horrorosa pesadilla.

Eran ya las ocho de la mañana; mi vela se había agotado en mitad de la lectura, sin dejarme más alternativa que hacerme con otra, con riesgo de despertar a toda la casa o irme a la cama y esperar el retorno de la luz del día. Pensando en mi madre elegí lo último; pero con qué gana toqué la almohada y cuánto sueño me proporcionó, lo dejo a tu imaginación.


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