La inquilina de Wildfell Hall
La inquilina de Wildfell Hall NOTICIAS ALARMANTES
Una mañana, en los primeros días de noviembre, cuando redactaba algunas cartas comerciales poco después del desayuno, Eliza Millward vino a visitar a mi hermana. Rose no tenía la lucidez ni la virulencia necesarias para ver al pequeño demonio como yo le veía, y las dos todavía conservaban su intimidad. Sin embargo, en el momento de su llegada no estábamos en la habitación más que Fergus y yo; mi hermana y mi madre estaban ausentes, ocupadas «en sus labores domésticas»; pero yo no tenía ninguna intención de entretenerla, si podía entretenerla otro; me limité a dedicarle un saludo indiferente y algunas palabras irrelevantes, y luego seguí escribiendo, dejando a mi hermano que fuera más cortés, si quería. Pero ella deseaba importunarme.
—¡Qué placer encontrarle a usted en casa, señor Markham! —dijo con una sonrisa solapadamente maliciosa—. Le veo poco últimamente, porque no viene nunca por la vicaría. Le aseguro que papá está bastante enfadado —añadió con aire festivo, mirándome con una risa impertinente, al tiempo que se sentaba casi enfrente, no muy alejada de mi escritorio, a la altura de la esquina de la mesa.
—He tenido mucho que hacer últimamente —dije, sin levantar la vista de mi carta.
—¿De veras? Alguien me dijo que ha estado usted descuidando sus asuntos estos últimos meses.
