La inquilina de Wildfell Hall
La inquilina de Wildfell Hall «Y DESCENDIÓ LA LLUVIA, Y VINIERON LAS RIADAS, Y SOPLARON LOS VIENTOS, Y ROMPIERON CONTRA AQUELLA CASA, Y CAYÓ: Y SU DERRUMBAMIENTO FUE GRANDE[24]»
Aunque el señor Lawrence estaba ahora completamente restablecido, mis visitas fueron más frecuentes que nunca, aunque no tan prolongadas como antes. Raras veces hablábamos de la señora Huntingdon; no obstante, nunca nos encontrábamos sin mencionarla, porque nunca busqué su compañía sin la esperanza de saber algo de ella, y él no buscaba nunca la mía porque ya me veía bastante a menudo sin necesidad de hacerlo. Pero yo siempre empezaba hablando de otras cosas, y esperaba primero a ver si él sacaba el tema. Si no lo hacía, yo decía, como por casualidad: «¿Ha tenido noticias de su hermana últimamente?». Si él decía: «No», no hablábamos más del asunto; si él decía: «Sí», me aventuraba a preguntarle: «¿Cómo está?», pero nunca: «¿Cómo se encuentra su marido?», aunque estuviera deseando saberlo; porque no tenía la hipocresía de aparentar ninguna inquietud por su recuperación, y ni el descaro de expresar ningún deseo por un resultado adverso. ¿Tenía yo semejante deseo? Me temo que debo considerarme culpable; pero puesto que has leído mi confesión, debes prestar atención también a su justificación, o a algunas de las excusas, al menos, con las que yo buscaba apaciguar mi remordimiento.
