La inquilina de Wildfell Hall
La inquilina de Wildfell Hall DUDAS Y DECEPCIONES
Al leer esto no tenía razones para ocultar mi alegría y mi esperanza a Frederick Lawrence, porque no tenía nada de que avergonzarme. Lo único que me producía alegría era que su hermana se había liberado al fin de su penosa y abrumadora labor; mi única esperanza era que ella se recuperara con el tiempo de sus efectos y que se le permitiera descansar en paz y tranquilidad, por lo menos, el resto de su vida. Yo experimentaba una dolorosa piedad por su desdichado marido (aunque era plenamente consciente de que había sido él el causante de todos sus sufrimientos y de sobra merecedor de ellos), una profunda condolencia con ella por sus calamidades y una gran preocupación por las consecuencias de aquellos agotadores cuidados, aquellas terribles vigilias, aquel confinamiento incesante y nocivo junto a un agonizante, porque estaba convencido de que no había aludido a la mitad de los sufrimientos que había tenido que soportar.
—¿Va a ir usted a verla, Lawrence? —pregunté, poniéndole la carta en las manos.
—Sí, inmediatamente.
—¡Muy bien! Le dejaré entonces para que haga los preparativos para su marcha.
—Ya los he hecho, mientras leía usted la carta y antes de que viniera; y el coche acaba de llegar.
