El profesor

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Capítulo XI

Realmente había tenido una larga charla con la artera política que era mademoiselle Reuter; cuando llegué a mi residencia descubrí que la cena andaba ya por la mitad. Llegar tarde a las comidas iba contra las normas del centro y, de haber sido uno de los profesores adjuntos flamencos el que hubiera entrado después de que se retirara la sopa y se diera comienzo al segundo plato, seguramente monsieur Pelet le hubiera recibido con una pública reprimenda y desde luego le habría privado tanto de sopa como de pescado. Lo cierto es que aquel cortés pero parcial caballero se limitó a menear la cabeza y, cuando ocupé mi lugar, desenrollé mi servilleta y bendije la mesa mentalmente según mis modos de hereje, tuvo la amabilidad de enviar a una criada a la cocina para que me trajera un plato de purée aux carottes[45] (pues era día de vigilia), y antes de mandar que retiraran el segundo plato, me reservó una porción del pescado seco en que consistía. Terminada la cena, los chicos salieron en tromba para jugar; por supuesto Kint y Vandam (los dos profesores adjuntos) fueron tras ellos. ¡Pobres tipos! Si no hubieran parecido tan pesados, tan pusilánimes, tan indiferentes a todo, les habría compadecido, y mucho, por tener que andar a todas horas y en todas partes tras los pasos de aquellos toscos muchachos. Incluso siendo como eran, me sentí inclinado a considerarme un mojigato privilegiado cuando me dispuse a subir a mi habitación, seguro de encontrar allí, si no diversión, sí al menos libertad; pero aquella noche (como había ocurrido a menudo en ocasiones anteriores) iba a ser nuevamente distinguido.


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