El profesor
El profesor Si fui puntual en salir del domicilio de mademoiselle Reuter, al menos fui igualmente puntual en volver; al día siguiente me presenté allí a las dos menos cinco minutos y, al llegar a la puerta del aula, antes de abrirla, oí un barullo de voces atropelladas que me advirtieron de que la prière du midi[67] no había concluido aún. Esperé por tanto a que terminara; habría sido impío imponer mi presencia herética mientras se rezaba. ¡Cómo cacareaba y farfullaba la persona que repetía la plegaria! Jamás había oído ni he vuelto a oír una lengua pronunciada con esa velocidad de máquina de vapor. Notre Père qui êtes au ciel salió como un disparo, seguido de una alocución a María, Vierge céleste, Reine des anges, Maison d’or, Tour d’ivoire!![68], y luego una invocación al santo del día, y luego se sentaban todas y el solemne rito (¿?) había llegado a su fin. Entré abriendo la puerta de par en par y caminando a grandes zancadas, que era la costumbre que había adoptado, pues me había percatado de que entrar con aplomo y subir al estrado con decisión era el gran secreto que garantizaba el silencio inmediato. Las puertas que separaban las dos aulas, abiertas para el rezo, se cerraron al instante; una maestra se sentó en su lugar, costurero en mano; las alumnas aguardaban inmóviles con los libros y las plumas delante, mis tres bellezas de la vanguardia, bien aprendida la lección de humildad consistente en tratarlas con frialdad invariable, se sentaban erguidas, silenciosas, mano sobre mano en el regazo; habían renunciado a las risitas estúpidas y a los cuchicheos, y ya no se atrevían a pronunciar discursos descarados en mi presencia. Ahora sólo me hablaban ocasionalmente con los ojos, órganos con los cuales podían, no obstante, mostrarse audaces y coquetas. Si alguna vez el afecto, la bondad, la modestia y el auténtico talento hubieran empleado aquellos luceros brillantes como intérpretes, no creo que hubiera podido abstenerme de responder con amabilidad y aliento de vez en cuando, quizá incluso con ardor, pero, tal como se presentaban las cosas, disfrutaba respondiendo a la mirada de la vanidad con la del estoicismo. Por jóvenes, bellas y resplandecientes que fueran muchas de mis alumnas, puedo afirmar con toda sinceridad que en mí no vieron jamás otra conducta que la de un tutor austero, pero justo. Si hay alguien que dude de la exactitud de esta afirmación, como si yo pretendiera arrogarme un sacrificio consciente y un autodominio al estilo de Escipión[69] mayores de lo que se siente inclinado a concederme, que tenga en cuenta las circunstancias siguientes que, si bien me restan méritos, justifican mi veracidad.
