El profesor
El profesor Pasó un tiempo hasta que volví a dar clase en la primera aula. La festividad de Pentecostés duró tres días y al cuarto le tocaba a la segunda aula recibir mis enseñanzas. Al pasar por el carré[72], vi, como de costumbre, al grupo de costureras que rodeaban a mademoiselle Henri. Eran sólo una docena, pero hacían tanto ruido como si hubieran sido cincuenta. Su maestra parecía ejercer muy poco dominio sobre ellas; tres o cuatro la asaltaban a la vez con preguntas inoportunas; abrumada, ella les pedía silencio, pero en vano. Me vio y leí en sus ojos la pena de saber que un extraño era testigo de la insubordinación de sus alumnas. Pareció rogar para que se impusiera el orden, pero sus ruegos fueron inútiles. Entonces noté que apretaba los labios y fruncía el entrecejo, y la expresión de su rostro, si la interpreté correctamente, decía: «He hecho lo imposible, pero al parecer la culpa es mía». Seguí adelante y cuando cerré la puerta del aula le oí decir de pronto y con aspereza, dirigiéndose a una de las mayores y más revoltosas del grupo:
—Amélie Müllenberg, no me haga ninguna pregunta ni me pida ayuda durante una semana. Durante ese espacio de tiempo no le hablaré ni la ayudaré.
Pronunció las palabras con énfasis, no, con vehemencia, y consiguieron un silencio relativo. No sé si la calma fue duradera, puesto que me separaban del salón dos puertas cerradas.
