El profesor
El profesor En el transcurso de otras dos semanas, habÃa observado a Frances Evans Henri el tiempo suficiente para formarme una opinión clara sobre su carácter. Descubrà que poseÃa dos buenas cualidades en grado nada despreciable, a saber, Perseverancia y Sentido del Deber. Descubrà que era realmente capaz de aplicarse en el estudio, de enfrentarse con las dificultades. Al principio le ofrecà la misma ayuda que siempre me habÃa parecido necesario ofrecer a las demás; empecé aclarándole todos los puntos conflictivos, pero pronto me di cuenta de que mi nueva alumna consideraba esta ayuda como una degradación y la rechazaba con exasperación orgullosa. En consecuencia, le asignaba largas tareas y dejaba que ella sola resolviera todas las dudas que pudieran presentarse. Emprendió la tarea con gran entrega y, tras hacer rápidamente un ejercicio, exigÃa uno nuevo con impaciencia. Esto en cuanto a su Perseverancia. En cuanto a su Sentido del Deber, se manifestaba de la siguiente forma: le gustaba aprender, pero aborrecÃa enseñar; sus progresos como alumna dependÃan de ella y me di cuenta de que sobre ella misma podÃa hacer cálculos con certeza; su éxito como maestra dependÃa en parte, quizá principalmente, de la voluntad de los demás. Para ella era un penosÃsimo esfuerzo entrar en conflicto con aquella voluntad extranjera e intentar doblegarla a toda costa para que se sometiera a la suya, ya que, en lo que concernÃa a la gente en general, innumerables escrúpulos coartaban la acción de su voluntad, que tan libre y fuerte era en lo tocante a sus propios asuntos. A su voluntad podÃa someter sus propias inclinaciones en todo momento, si esas inclinaciones eran compatibles con sus principios; sin embargo, cuando se le pedÃa que luchara contra las propensiones, los hábitos y los defectos de los demás, sobre todo si eran niños, sordos al razonamiento y, en su mayor parte, insensibles a la persuasión, a veces su voluntad se negaba a actuar; entonces surgÃa su Sentido del Deber, que obligaba a la reacia Voluntad a ejercitarse. A menudo la consecuencia era un derroche de energÃa y de esfuerzo. Frances trabajaba como una esclava por y con sus alumnas, pero mucho tardarÃan sus concienzudos esfuerzos en ser recompensados con una apariencia siquiera de docilidad, porque sus alumnas se daban cuenta de que seguirÃan teniendo poder sobre ella mientras se resistieran a sus dolorosos intentos de convencer, persuadir, gobernar. Obligándola a emplear medidas coercitivas, le infligÃan un agudo sufrimiento. Los seres humanos, especialmente los de menor edad, rara vez renuncian al placer de utilizar un poder que son conscientes de poseer, aunque ese poder consista únicamente en la capacidad de hacer desgraciados a los demás. Un alumno cuyas sensaciones están más embotadas que las de su educador tiene una inmensa ventaja sobre él, y por lo general la usa implacablemente, porque los muy jóvenes, los muy sanos y los muy alocados no conocen la compasión. Me temo que Frances sufrÃa mucho; un peso incesante parecÃa oprimirla. He dicho ya que no vivÃa en el internado; por lo tanto, no podrÃa decir si en su domicilio —dondequiera que estuviese— tenÃa el mismo aire preocupado, triste, pesaroso y resignado que ensombrecÃa siempre sus rasgos bajo el techo de mademoiselle Reuter.
