El profesor
El profesor Finalmente no había aprovechado más que de un modo imperfecto la oportunidad de hablar con mademoiselle Henri, tan audazmente obtenida. Mi intención era preguntarle por qué tenía dos nombres ingleses, Frances y Evans, además del apellido francés, y también de dónde había sacado un acento tan bueno. Había olvidado ambas preguntas o, más bien, nuestro coloquio había sido tan breve que no me había dado tiempo a formularlas. Además, aún no había puesto a prueba su auténtica capacidad para hablar inglés; lo único que había conseguido en esa lengua eran las palabras «sí» y «gracias, señor». «No importa —pensé—. Otro día resolveremos lo que ha quedado pendiente». No dejé tampoco sin cumplir la promesa que yo mismo me hice. Era difícil intercambiar siquiera unas palabras en privado con una alumna entre tantas, pero como dice el viejo proverbio, «querer es poder», y una y otra vez me las ingenié para poder intercambiar unas palabras con mademoiselle Henri, a pesar de que la Envidia nos vigilaba y la Difamación murmuraba cada vez que me acercaba a ella.
