El profesor

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Capítulo XVIII

Era obvio que la joven anglosuiza disfrutaba y se beneficiaba a la vez del estudio de su lengua materna. En mis enseñanzas, naturalmente, no me limité a la rutina corriente de la escuela, sino que hice del aprendizaje del inglés un vehículo para la enseñanza de la literatura, imponiéndole una serie de lecturas. Ella tenía una pequeña colección de clásicos ingleses, algunos de los cuales había heredado de su madre y el resto los había comprado con su salario. Le presté algunas obras modernas, que leyó con avidez. De cada obra me hizo un resumen escrito después de leerla. También disfrutaba con las redacciones, tarea que parecía como el aire mismo que respiraba, y pronto mejoró tanto que me vi obligado a reconocer que aquellas cualidades suyas que había denominado Fantasía y Buen gusto debían llamarse más bien Imaginación y Discernimiento. Cuando expresé tal reconocimiento, de la misma forma escueta y contenida de siempre, esperé ver la sonrisa radiante y jubilosa que mi único elogio había suscitado antes, pero Frances se sonrojó, y si llegó a sonreír, fue la suya una sonrisa muy leve y tímida, y en lugar de plantarse frente a mí con una mirada de triunfo, sus ojos se posaron sobre mi mano, que, pasando por encima de su hombro, escribía unas indicaciones en el margen de su cuaderno.

—Bien, ¿le alegra que esté satisfecho con sus progresos? —preguntó.


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