El profesor
El profesor Los novelistas no deberían cansarse nunca de estudiar la Vida real. Si cumplieran con este deber concienzudamente, nos ofrecerían menos retratos taraceados con fuertes contrastes entre luces y sombras; rara vez elevarían a sus héroes y heroínas a las más altas cúspides del éxtasis, y menos frecuente aún sería que los hundieran en las simas de la desesperación, puesto que, si bien son muy escasas las ocasiones en que paladeamos una dicha plena en esta vida, más escasas son las ocasiones en que saboreamos la hiel de una angustia sin esperanzas. A menos, claro está, que nos hayamos sumergido como bestias en la satisfacción de los goces sensuales, que hayamos abusado de nuestras facultades para el placer, llevándolas al límite, estimulándolas, tensándolas de nuevo al máximo, hasta destruirlas finalmente. Entonces nos encontraremos de verdad sin apoyo y privados de esperanza. Grande es nuestra agonía, ¿y cómo puede acabarse? Hemos agotado el manantial de nuestra capacidad; la vida es un sufrimiento demasiado débil para concebir la fe; la muerte ha de ser la oscuridad; Dios, espíritu y religión no tienen cabida en nuestra mente dilapidada, donde sólo quedan recuerdos corruptores y funestos del vicio; el Tiempo nos lleva hasta el borde de la tumba y la Depravación nos arroja a ella, como un trapo comido y recomido por la enfermedad, retorcido por el dolor, estampado contra el suelo del cementerio por el talón inexorable de la Desesperación.
