El profesor

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Capítulo XXII

Una semana pasa pronto; llegó le jour des noces[105]. El matrimonio se celebró en St. Jacques; mademoiselle Zoraïde se convirtió en madame Pelet, de soltera Reuter, y una hora después de esta transformación «la feliz pareja», como suelen decir en los periódicos, había emprendido viaje a París, donde, según se había dispuesto previamente, pasarían la luna de miel. Al día siguiente dejé el internado. Yo y mis pertenencias (unos cuantos libros y ropa) nos mudamos a un modesto alojamiento que había alquilado en una calle cercana. En media hora había ordenado mi ropa en una cómoda y mis libros en una estantería; una mudanza sencilla. No me habría sentido desdichado aquel día de no haber sido por una punzada que me torturaba: el anhelo de ir a la Rue Notre-Dame-aux-Neiges, reprimido, pero también apremiado, por la resolución de evitar aquella calle hasta que la neblina de la incertidumbre se disipara de mi futuro.

Era un apacible día de septiembre, hacia el final de la tarde. La temperatura era suave y no soplaba viento. No tenía nada que hacer. Sabía que a esa hora también Frances estaría libre de ocupaciones; pensé que tal vez ella desearía ver a su maestro igual que yo deseaba ver a mi alumna. La Imaginación empezó a hablar en susurros, infundiendo en mi alma una dulce esperanza de placeres que podrían ser:


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