El profesor

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Capítulo XXIII

Eran las dos cuando regresé a mi alojamiento. Sobre la mesa humeaba la comida, que acababan de traerme de un hotel de la vecindad. Me senté pensando en comer, pero no habría fracasado más estrepitosamente aunque en la bandeja me hubieran servido trozos de cerámica y cristales rotos en lugar de judías y buey hervido: había perdido el apetito. No toleraba la visión de una comida que no podía saborear, de modo que la guardé en la alacena y luego me pregunté: «¿Qué voy a hacer hasta la noche?»; sería inútil presentarme en la Rue Notre-Dame-aux-Neiges antes de las seis, pues su habitante (para mí sólo ella existía) estaría trabajando en otro lugar. Paseé por las calles de Bruselas y me paseé por la habitación desde las dos hasta las seis, sin sentarme ni una sola vez en todo ese tiempo. Estaba en la habitación cuando por fin dieron las seis. Acababa de lavarme la cara y las manos febriles, y me miraba al espejo: tenía las mejillas rojas y mis ojos despedían llamas. Aun así, mis facciones parecían sumidas en sereno reposo. Bajé velozmente las escaleras y, al salir a la calle, me alegré de ver que el crepúsculo llegaba envuelto en nubes. Aquellas sombras eran para mí como una grata pantalla, y el frío de finales del otoño que llegaba a ráfagas desde el noroeste me pareció reconfortante. Sin embargo, vi que no lo era para otros, pues por mi lado pasaron mujeres arrebujadas en sus chales y hombres con las chaquetas abrochadas.


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