El profesor
El profesor Eran las dos cuando regresé a mi alojamiento. Sobre la mesa humeaba la comida, que acababan de traerme de un hotel de la vecindad. Me senté pensando en comer, pero no habrÃa fracasado más estrepitosamente aunque en la bandeja me hubieran servido trozos de cerámica y cristales rotos en lugar de judÃas y buey hervido: habÃa perdido el apetito. No toleraba la visión de una comida que no podÃa saborear, de modo que la guardé en la alacena y luego me pregunté: «¿Qué voy a hacer hasta la noche?»; serÃa inútil presentarme en la Rue Notre-Dame-aux-Neiges antes de las seis, pues su habitante (para mà sólo ella existÃa) estarÃa trabajando en otro lugar. Paseé por las calles de Bruselas y me paseé por la habitación desde las dos hasta las seis, sin sentarme ni una sola vez en todo ese tiempo. Estaba en la habitación cuando por fin dieron las seis. Acababa de lavarme la cara y las manos febriles, y me miraba al espejo: tenÃa las mejillas rojas y mis ojos despedÃan llamas. Aun asÃ, mis facciones parecÃan sumidas en sereno reposo. Bajé velozmente las escaleras y, al salir a la calle, me alegré de ver que el crepúsculo llegaba envuelto en nubes. Aquellas sombras eran para mà como una grata pantalla, y el frÃo de finales del otoño que llegaba a ráfagas desde el noroeste me pareció reconfortante. Sin embargo, vi que no lo era para otros, pues por mi lado pasaron mujeres arrebujadas en sus chales y hombres con las chaquetas abrochadas.
