El profesor

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Capítulo XXIV

Un apacible y frío domingo de noviembre, Frances y yo dimos un largo paseo. Recorrimos la ciudad por sus bulevares y después, como ella estaba un poco cansada, nos sentamos en uno de esos bancos que se disponen bajo los árboles de trecho en trecho, para acomodo de los fatigados. Frances me hablaba de Suiza, animada por el tema, y yo pensaba que sus ojos se expresaban con tanta elocuencia como su lengua cuando se interrumpió y dijo:

—Monsieur, allí hay un caballero que le conoce.

Alcé la cabeza; tres hombres vestidos con elegancia pasaban en ese preciso instante; por su porte y manera de andar, así como por sus facciones, supe que eran ingleses, y en el más alto de los tres reconocí al punto al señor Hunsden, que alzó el sombrero para saludar a Frances; luego me hizo una mueca y siguió caminando.

—¿Quién es?

—Una persona que conocí en Inglaterra.

—¿Por qué me ha saludado? No me conoce.

—Sí, a su manera te conoce.

—¿Cómo, monsieur? (Seguía llamándome monsieur; no había logrado convencerla de que utilizara algún otro apelativo más familiar.)

—¿No has leído la expresión de sus ojos?

—¿De sus ojos? No. ¿Qué decían?


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