El profesor
El profesor Al cabo de dos meses, se cumplió el período de luto por la tía de Frances. Una mañana de enero, la primera de las vacaciones del Año Nuevo, fui a la Rue Notre-Dame-aux-Neiges en coche de alquiler, acompañado tan sólo por monsieur Vandenhuten, y tras apearme solo y subir las escaleras, encontré a Frances esperándome con un atuendo muy poco apropiado para aquel gélido día. Hasta entonces no la había visto nunca vestida de otro color que no fuera el negro o algún otro tono oscuro, y allí estaba, de pie junto a la ventana, toda de blanco, envuelta en un tejido de la más diáfana textura. El traje era sencillo, sin duda, pero resultaba impresionante y festivo, por ser tan claro, completo y vaporoso. Se cubría la cabeza con un velo que le llegaba hasta las rodillas; una pequeña corona de flores rosas lo sujetaba a su gruesa trenza griega y caía suavemente a ambos lados del rostro. Aunque parezca extraño, estaba o había estado llorando. Cuando le pregunté si estaba lista, me contestó: «Sí, monsieur», conteniendo un sollozo, y cuando cogí un chal que había sobre la mesa y se lo coloqué sobre los hombros, no sólo le rodaron libremente las lágrimas por las mejillas, sino que reaccionó a mis atenciones temblando como una hoja. Le dije que lamentaba verla tan deprimida y le pedí que me permitiera conocer el motivo. Ella se limitó a decir que le era imposible evitarlo; luego, dándome la mano voluntariamente, pero con cierta precipitación, salió de la habitación conmigo y bajó corriendo las escaleras con paso inseguro, como quien está impaciente por acabar de una vez con un asunto tremebundo. La ayudé a subir al coche; monsieur Vandenhuten la recibió y la sentó a su lado. Una vez en la capilla protestante, oficiaron uno de los servicios del devocionario, y salimos de allí convertidos en marido y mujer. Monsieur Vandenhuten entregó a la novia.
